Te cuelas en mis sueños de la misma manera en la que te infiltraste en mi vida, poco a poco y sin darme cuenta, te colaste en una zona de alta seguridad en la que se disparaba al blanco sin previo aviso, una zona roja llena de minas que ya habían explotado, sitio de grandes masacres y llena de miedos disfrazados de militares que no permiten ni pasar el aire. ¡Pff, la que hemos liado! Que sin ser consciente de ello me dejaba llevar, que quería dejarme llevar sin pensar en que desembocaría este río de sentimientos que hoy recuerdo con nostalgia. Llevar durante tanto tiempo una coraza tan gruesa soldada al pecho es de lo más cansado que he hecho en la vida y lo más inútil, por cierto. Como si pudiéramos elegir cuando enamorarnos, iluso… Y ya está, llegaste tú que solo te hizo falta coger un avión desde un rincón del mundo y venir a verme, yo que normalmente era el viajero y coges tú al llegar y me pones en jaque con aquella sonrisa que me sacudía el alma y me hacía subir de temperatura. Poco a poco, fluyendo por el río por el que nunca fluí con nadie, navegando hacia lo desconocido, achicando agua para no hundir el barco, izando unas velas con las que creí poder volar y parcheando el casco con aquellos besos que permitían probar tu alma.

 

Echo de menos aquellas risas y sonrisas, los te quieros, los mordiscos que nos dábamos como animales, las cervezas, la picardía continua, las comidas, las partidas a las damas, leerte poesía, hacerte poesía, el vino y aquel queso que te gustaba tan poco. Echo de menos los rincones de Madrid en los que nos perdíamos sin tenerlo planeado, la improvisación echa persona, las lágrimas que me permitían acercarme a ti sin darme cuenta de que yo estaba a pecho descubierto. Que mis sueños te echan de menos reviviendo recuerdos y creando otros nuevos, que me achico el alma cada mañana con un café y un cigarro mirando hacia el horizonte pensando en algo que no seas tú.

 

El resto del día no es tan duro, ya que tuve que hacerme un jaque a mí mismo para quererme más de lo que te quería a ti, una jugada maestra en la que no había oponente; una partida contra mí mismo, entre el que te quiere y yo, que estamos en tablas y yo aun así sigo moviendo las jodidas piezas por miedo a olvidarte por completo aunque no sea el que te quiera, que al igual que no es fácil amar tampoco lo es olvidar y yo tengo un defecto, que cuando olvido lo hago por completo.

 

Que en realidad tardé en darme cuenta de que remábamos en sentidos opuesto y en la misma dirección, que lo nuestro no puede ser, que a pesar de todo me has calado hondo y «aquí ando» ocupándome con gilipolleces para no pensar en ti y escribiéndote por última vez, para vomitar todo lo que tengo dentro y esperando que no lo leas.

 

Se me acabó el tiempo de mover ficha, no hay lugar para más virajes, intenté congelar el tiempo y me terminé congelando a mí mismo recordándote hasta en el vapor de la ducha y hundiendo aquel barco del que dejamos de achicar agua llamado nosotros.

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