Perder el control, como quien pierde la cordura, esa fue mi primera sensación, cuando te vi en la lejanía, sin tener la más remota idea de lo que estaba por venir, perdí el control… Algo se encogió en mí, como quien estruja su existencia en un puño. No sé si recuerdas que mi monólogo, no duro más de unos minutos, que hui de tí como quien huye de un depredador; que en esos, 5 minutos quizás te dije todas mis posibles o dudosas cualidades que a día de hoy ves ante ti, sin ningún propósito premeditado.
Pero esa sensación se repitió, cuando decidí hablarte… Como quien habla a un ángel, esperando no obtener respuesta. Y no saber que sentir, más que una cálida pero vertiginosa sensación recorriendo cada recoveco de mi cuerpo al ver tu respuesta. Y tener la osadía de decirte que te besaría, como si los ladrones avisasen antes de dar un golpe; y besarte, ese beso que valió mas que todo el firmamento junto, fué como saltar de un avión en paracaídas, sintiendo cada milímetro cálido de tus labios ante mí, y dejar de hacerlo rompiendo esa sensación de seguridad y cayendo al más oscuro abismo. Sentir eso que es lo que me haces tú, hacer mi corazón latir a ritmo de un piano mientras sonríes, esa dulce sonrisa que calienta el alma hasta del más loco; yo que iba de ladrón y que con tu sonrisa te llevaste mi corazón, con tus besos mi alma y mis sueños con el deseo de volver a verte.
Que osadía la tuya de perder ese autobús a casa de madrugada para estar un rato más juntos, porque cada segundo cuenta y mucho, y si no me crees recuerda que en esta vida lo único que no se puede recuperar es el tiempo, que nosotros elegimos con quien lo invertimos y nos hemos elegido a nosotros, al principio silenciosamente, preguntándonos si volveríamos a vernos, con la ilusión de un niño, como si de los reyes magos se tratase. Conocernos, quizás a un ritmo vertiginoso que yo nunca había experimentado.
Tiene gracia que aún a día de hoy pierda el control contigo, que me puedan los nervios antes de vernos y me coman las ganas de que lo hagamos ya. Entiendo que cuanto más tiempo paso contigo más quiero, como si fuera un niño pequeño reclamando más patio, porque, realmente me gustaría que nuestro patio fuera infinito.
Y seguir pensando cuál es tu secreto para tenerme así y me di cuenta de que el secreto es de los dos, que se trata de algo tan sencillo y sin embargo tan complicado sin la persona adecuada, como hacer cada segundo único. He de recalcarte que hace mucho tiempo hablando de personas adecuadas leí de la cultura oriental sobre una leyenda llamada hilo rojo del destino, que dice que cuando nacemos lo hacemos unidos a alguien, mediante un hilo rojo invisible que está atado a el dedo meñique de los dos y que este hilo al igual que el meñique está conectado directamente con nuestro corazón, habla de que esas dos personas están destinadas a conocerse y que tú eres mi hilo rojo, pero la verdad no es que necesite historias para saber que es así, pero sé que te echaba de menos aún sin conocerte, que pedía a gritos tu existencia o al menos que nos cruzásemos y te parecerá una tontería pero no creo que sea cuestión de suerte sino de destino.
Tengo que confesarte que a veces no es suficiente con un te quiero, como aquel día que te dije que no se asemejaba esa palabra a lo que quería decir, que era mucho más lo que te quería expresar, que necesitaba una palabra nueva que «te todo» dije y sin darme cuenta invente la palabra que a día de hoy se me queda corta, pero que en ese momento lo reflejaba, que no te todo ya, que es algo más que todo…
He de reconocer que soy un criminal de pacotilla… Yo que estaba armado con mil corazas y sin embargo, tú entraste por la puerta principal con llave en mano y cuando me quise dar cuenta ya estabas aquí a mi lado.



